John Vanegas y su mamá, María Rosa Rodríguez, comparten salón de clases con bachillerato flexible del IPES en Bogotá

5·MAYO·2026
Bogotá ofrece bachillerato flexible para vendedores informales, comerciantes de Plazas de Mercado y sus familias.
Foto de John Vanegas y María Rosa Rodríguez en un salón de clases del programa de bachillerato flexible en Bogotá.Foto: IPES.
En el salón no importa la edad, ni el tiempo que haya pasado. El bachillerato flexible del IPES no pide trayectorias perfectas.

¡En ‘Bogotá, mi Ciudad, mi Casa’ hay oferta de formación gratuita! John Vanegas y María Rosa Rodríguez son parte de los beneficiarios del programa de bachillerato flexible el Instituto para la Economía Social (IPES) y de la Secretaría de Educación del Distrito (SED) para vendedores y vendedoras informales, comerciantes de las Plazas de Mercado de Bogotá y sus familias. ¡Conoce la historia de estos dos bogotanos, que también están unidos por lazos de sangre!

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A las ocho de la mañana, en un salón del Punto Vive Digital de Veracruz, en el centro de Bogotá, hay algo que no es común: cinco niveles de bachillerato compartiendo el mismo espacio, dos profesores que se mueven entre pupitres y decenas de historias que regresan a donde alguna vez se quedaron.

En la tercera fila, sentados uno al lado del otro, están John Vanegas y su mamá, María Rosa Rodríguez. Él tiene 45 años. Ella, 70. Y los dos volvieron a estudiar después de toda una vida lejos del colegio.

No fue casualidad. Fue una decisión que tomó tiempo, que se fue aplazando entre el trabajo, las obligaciones y la vida misma, hasta que un día encontró su momento de volverse una realidad.

Volver al pupitre después de 30 años

John lleva más de treinta años trabajando en la calle. Cuando cumplió 14 dejó el colegio en séptimo porque en su casa había problemas y alguien tenía que salir a responder por los menesteres de la familia.

Desde entonces aprendió todo lo que la calle enseña: vender, resistir, leer y entender a la gente, incluso cuando el día no alcanza.

Hoy trabaja en la calle 70. Vende tintos, cigarrillos, dulces, papas, maní. Un puesto pequeño, dice, pero suficiente para sostener su vida y la de su hijo de seis años.

Sin embargo, hay algo que la calle no le dio: El título de bachiller.

Hoy recuerda la frustración que tuvo al ver que no pudo ingresar a un trabajo porque no había terminado el colegio: “Hubo un trabajo en vigilancia, era una empresa buenísima… me dijeron que llevara los papeles, pero como no era bachiller, no me aceptaron”.

Esa no fue la única vez. Lo intentó en 2015. Volvió al colegio, retomó sexto y séptimo. Pero los planes de la vida volvieron a atravesarse: el trabajo, una relación, un hijo. Y otra vez, el estudio quedó en pausa.

Hasta que una conversación cambió su rumbo. Un compañero le habló del bachillerato flexible del Instituto para la Economía Social (IPES) y de la Secretaría de Educación del Distrito (SED).

“Mi hermano, allá lo que hay son oportunidades,” y esa frase fue suficiente.

La decisión más importante no fue inscribirse. John se matriculó ese mismo día. Pero antes de entrar al salón, tomó otra decisión. Invitar a su mamá a que juntos terminaran el bachillerato.

Una historia que no empezó en el aula

María Rosa Rodríguez tiene 70 años y una vida marcada por el trabajo y la resistencia. Una historia que pesa, y que carga con una dignidad silenciosa que impresiona.

Sacó adelante a cinco hijos sola. Trabajó en fábricas, en empresas, en casas de familia. Hizo lo que tocara para que a ellos no les faltara lo básico.

Pero estudiar no fue una opción. A los 17 años se fue de casa por problemas con su padrastro. También abandonó el colegio. El estudio quedó atrás, como algo pendiente. Como algo que no volvió; hasta ahora.

Cuando John le habló del programa, su respuesta fue inmediata: “No, no, no… a mí ya no me…” La frase se queda incompleta, como tantas decisiones que se frenan antes de empezar. Pero esta vez fue diferente.

John insistió. Le dijo que la necesitaba, que estudiar juntos podría ser una forma de acompañarse, de seguir adelante, incluso después de una pérdida reciente: la muerte de uno de sus hijos.

El 28 de marzo se cumplió el primer aniversario. Es una herida que todavía duele y que María Rosa nombra con voz serena, como quien ha aprendido a convivir con el dolor sin dejar que lo paralice: Una herida que sigue ahí. Y quizá también por eso, dijo que sí.

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El primer día de clase

Llegaron juntos. Con nervios, con dudas, con expectativas y con un miedo silencioso: No encajar. “Pensé que por mi edad me iban a mirar diferente”, cuenta María Rosa.

Pero no pasó. “Me recibieron con mucho entusiasmo, me brindaron ayuda… eso me dio confianza para seguir.”

Hoy está en ciclo 2. Estudia matemáticas. Le gustan las plantas, los animales. Pero, sobre todo, le gusta sentirse activa. “Me siento bien. Siento que estoy ocupada en algo, que estoy saliendo adelante.”

Pero más allá de las materias, lo que el estudio le ha devuelto es algo que necesitaba profundamente: ocupación, propósito y un motivo para levantarse con ganas.

Un salón, muchas historias

En ese mismo salón, el profesor Marcial Valencia se mueve entre estudiantes de diferentes niveles. En un lado, alguien aprende a multiplicar. En otro, alguien se prepara para graduarse.

Es licenciado en Matemáticas y Física, especialista en Pedagogía, magíster en Educación y actualmente estudiante de doctorado. Viene del Chocó, de una familia de profesores.

La enseñanza, dice, le corre por la sangre.

Enseñarles a adultos, confiesa, es una experiencia que ningún título universitario le capacitó del todo.

“Enseñar a adultos es diferente. Aquí uno necesita paciencia, devoción… entender que están retomando algo que dejaron hace muchos años”, dice, porque nadie llega en cero, llegan con historias, con trabajos en la calle, con hijos, con pérdidas.

Y eso cambia la forma de enseñar. “Es un aprendizaje mutuo. Ellos aprenden de uno, pero uno también aprende de ellos.”

Para él, lo más importante no es la nota. Es que el conocimiento quede, que lo que se aprende en ese salón sirva afuera, en la vida real, en el trabajo, en la familia, en la manera de ver el mundo.

"Que se lleven un poquito de lo que somos nosotros. Eso es lo que tratamos de dejar aquí."

Un solo cuaderno, muchos motivos

John lleva un solo cuaderno para todas las materias. No ha podido comprar más. Pero eso no le importa.Dice que ahora estudia con más ganas que antes. Que pone más atención. Que entiende mejor. Que lo valora distinto. Cuando termine, quiere hacer un técnico. Quiere hacer crecer su negocio.

Pero hay algo más importante: Quiere dar ejemplo. “El John de los 17 y el de ahora… ush, es mucha diferencia.”

Lo que sí cambió

María Rosa ya no dice que no. Ahora madruga. Va a clase. Participa. Aprende. Y los fines de semana, cuando hace falta, ayuda en el puesto de su hijo. No llegaron al mismo lugar por la misma razón. Él llegó por las oportunidades que no pudo tomar. Ella, por la insistencia de un hijo que no quiso dejarla atrás, pero hoy comparten algo más que un pupitre: Comparten el proceso.

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Nunca es tarde

En el salón no importa la edad, ni el tiempo que haya pasado. El bachillerato flexible del Instituto para la Economía Social (IPES) y de la Secretaría de Educación del Distrito (SED) no pide trayectorias perfectas. Solo pide algo más difícil: decisión.

Y en la tercera fila, cada mañana, madre e hijo demuestran que siempre se puede volver a empezar. Aunque hayan pasado décadas. Aunque la vida haya sido otra. Aunque el cuaderno sea uno solo.

Madre e hijo, en el mismo salón, aprendiendo juntos lo que la vida les fue negando por separado. Con un solo cuaderno, muchos sueños por delante y la certeza de que nunca, nunca es demasiado tarde.

¿Cómo hacer parte del bachillerato flexible en Bogotá?

Puedes conocer las convocatorias a través del Portal de Formación del IPES, ingresando aquí.

Este contenido fue creado a partir de la información proporcionada y difundida por el Instituto para la Economía Social (IPES) https://www.ipes.gov.co/ . El artículo fue curado por un o una periodista del Portal Bogotá.
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