¡En ‘Bogotá, mi Ciudad, mi Casa’ se trabaja por la formalización de vendedores y vendedoras informales! Rosa Murcia es parte de los beneficiarios y beneficiarias del programa de Puntos Comerciales del Instituto para la Economía Social (IPES) para vendedores y vendedoras informales. Esta mujer que recorrió varios puntos de la ciudad con productos y alimentos, hoy cuenta con un espacio formal en el centro de la capital, que le permite a ella y su familia, derivar su sustento y generar ingresos. ¡Conoce su historia!
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La historia de Rosa Murcia es la historia de muchas colombianas que llegaron a esta ciudad con nada más que las manos y la voluntad.
Observar su puesto es entender que la economía informal no solo alimenta familias: También reconstruye vidas. Rosa pasó de depender de un hogar que la lastimaba a manejar su propio dinero, sus propios horarios, su propio nombre.
En el Punto Comercial Furatena, ubicado en la calle 12C #8-57 en el centro de Bogotá, ella sigue ahí: Con una nevera, jugos naturales, comidas y una greca que huele a café recién hecho. Lleva 21 años en ese mismo lugar, aunque su historia comenzó mucho antes, y mucho más lejos: en Chintinará, un municipio de Boyacá, donde la tierra se trabaja con las manos y la jornada empieza cuando todavía hay estrellas en el cielo.
Allá, el campo no es paisaje: es rutina, es esfuerzo, es una promesa que rara vez se cumple del todo. Una tierra generosa con sus cosechas de mazorca y papa, pero implacable con los que no tienen tierra propia.
Creció viendo a sus padres doblar la espalda sobre la tierra. Cinco hermanas y un hermano. Una familia numerosa con pocas posibilidades y ninguna de holgura económica.
“Mis papás son del campo, cultivadores de mazorca y papa. Allá todo era trabajo, pero no alcanzaba”, recuerda Rosa.
Cuando llegó a los 15 años, la decisión estaba tomada: Debía irse a Bogotá a trabajar. Una señora del mismo campo boyacense la trajo para cuidar a un bebé en una casa de familia. Ella, muy joven, llevaba lo mismo que la mayoría de las migrantes de su generación: Poco equipaje y muchas ganas de salir adelante. Así fue como Rosa Elia pisó por primera vez el asfalto de la ciudad.
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La capital la recibió sin mayores sorpresas. Durante años trabajó en casas de familia, haciendo lo que fuera: barrer, limpiar, fregar. Después de un tiempo, la nostalgia y el agotamiento pudieron más: Regresó al campo a descansar, a ver a la familia, a recordar el olor de la tierra mojada, pero el campo tampoco tenía mucho que ofrecerle.
Luego pasó una temporada en Muzo, tierra de esmeraldas, donde encontró pareja y tuvo su primer hijo. Al poco tiempo, la vida la devolvió a Bogotá, ahora acompañada de su esposo y de un bebé en brazos.
Durante un periodo se quedó en el hogar, dependiendo del ingreso del marido. Como ella, millones de colombianas cargan con el peso invisible del cuidado, según el Departamento Nacional de Estadística (DANE), las mujeres colombianas dedican en promedio el doble de horas que los hombres al trabajo doméstico no remunerado. Rosa cocinaba, lavaba, criaba; y ese trabajo no se contaba en ninguna cifra, pero la tranquilidad no duró.
Pronto llegó un segundo hijo. Y con él, una realidad que no debería ser común pero que lo es: El maltrato intrafamiliar. Rosa habla de ese tiempo con la tranquilidad de quien ya lo superó, sin buscar lástima.
“Ya no era igual, ya no había sino maltrato”, dice simplemente.
Fue en ese momento, con dos hijos pequeños y una tercera vida creciendo en su vientre, cuando una amiga vendedora informal le abrió una puerta. Al principio, Rosa lo rechazó. No sabía de ventas. Antes de dar ese paso, demostró de qué estaba hecha: Salió a trabajar en construcción con una comadre, pegando ladrillos, limpiando escombros, haciendo lo que hiciera falta. Embarazada. Con hijos. Sin red de apoyo. Una mujer abriendo camino a punta de voluntad en uno de los oficios más duros del rebusque bogotano. Pero el cuerpo y el espíritu pedían otra cosa. Finalmente aceptó la invitación de su amiga y se fue a trabajar con ella cerca del Gran San, en el sector de San Victorino.
Vendían medias y ropa interior, allí aprendió el ritmo del rebusque, la forma de hablarle al cliente, la intuición de saber qué ofrecer y cuándo callarse. Con lo que ganó en los primeros días, su amiga le ayudó a comprar su propio plante de mercancía.
Tenía veinte años, y por primera vez en su vida, el dinero que entraba era suyo. Nadie podía quitárselo, ni decidir en qué gastarlo. Esa sencilla certeza y ese sentimiento único e independiente de sostener un billete ganado con las propias manos, cambió algo muy profundo en ella.
“Ya empecé a manejar mi propio dinero. Entonces ya no me dejaba, ya no me dejaba mi marido.”
Esa autonomía fue también una declaración de independencia. Rosa, esta vez con un trabajo y una red de amigas vendedoras, decidió no volver a depender de nadie y salió de la casa con sus hijos.
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Los años siguientes fueron de aprendizaje y movimiento. Junto a su amiga, Rosa recorrió pueblos de la sabana con mercancía a cuestas. Probó con ropa, con telas, con lo que hubiera demanda.
Con el tiempo, las ventas de ropa se pusieron difíciles y optó por cambiar, empezó a vender tintos, aromáticas, caldos, empanadas. Ahí mismo, en San Victorino, donde ya la conocían.
Cuando la administración del Instituto para la Economía Social (IPES) anunció la reubicación de vendedores informales, Rosa gestionó su traslado al Punto Comercial Furatena, donde estaba la gente que la conocía y le compraba.
“Empecé a trabajar acá y gracias a mi Dios me fue bien.”
En Furatena, Rosa empezó de nuevo con un puesto de ropa interior que pronto dejó. Con un aporte institucional que recibió tomó una decisión que cambiaría su manera de trabajar, compró una pequeña nevera y montó una cafetería.
Tintos, sándwiches, jugos naturales. Una oferta sencilla y bien ejecutada que con los años se volvió un punto de referencia para quienes frecuentan el lugar. Ya no extrañaba con anhelo el campo, solo para vacaciones.
“El campo es muy bonito, hay cultivos, hay vaquitas, hay leche y hay de todo. Pero allá el trabajo es muy pesado. Aquí en Bogotá uno sobrevive. De alguna manera, cualquier cosa se inventa hacer y ya se consigue la moneda.”
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La economía informal tiene una flexibilidad que el campo no ofrece.
Rosa ya no sueña con volver. Visita a sus padres, cada que puede durante ocho días. Pero al octavo día, confiesa, ya se desespera. La ciudad la tiene encadenada con lazos que ella misma forjó.
Hoy vive con un compañero de 75 años, con quien comparte hace varios años una vida tranquila construida desde la cotidianidad del trabajo informal. Él también es vendedor: despacha cigarrillos en la puerta de la casa mientras ella atiende en Furatena. Dos vendedores, dos rutinas, una misma economía: La social.
Este contenido fue creado a partir de la información proporcionada y difundida por el Instituto para la Economía Social (IPES) https://www.ipes.gov.co/ . El artículo fue curado por un o una periodista del Portal Bogotá. Si tienes alguna sugerencia, observación o necesitas más información sobre la nota publicada, puedes hacerlo a través de los canales de atención a la ciudadanía de la entidad mencionada o en Bogotá te Escucha: https://bogota.gov.co/sdqs/.







