¡Aquí sí pasa! En Bogotá, mi Ciudad, mi Casa trabajamos para reducir las brechas sociales. Los colores con los que teje sus productos en hilo y lana contrastan con el blanco y negro de su historia. María Nubia López Abello, de 68 años y madre de dos hijos, es una mujer que un día decidió darse una segunda oportunidad.
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Desde el servicio Centro Transitorio Cundinamarca, Nubia recuerda un pasado marcado por la oscuridad: más de cinco décadas atravesadas por la vida en calle, el consumo de sustancias y la exclusión social. Tenía apenas 18 años cuando ese mundo comenzó a envolverla.
Conoció el temido Cartucho y allí forjó dos amistades entrañables: Catalina —ya fallecida— y Nuri, su “parcerita”, quien también decidió romper con ese entorno y transformar su vida, tal como lo hizo Nubia hace ocho años.
“Durante más de 24 años vi por las calles a la gente de Integración Social ayudando a los que estábamos en la inmunda; nunca hice caso, incluso nos escondíamos de los angelitos azules”, recuerda María Nubia, con una mirada que oculta el dolor detrás de sus gafas.
La decisión de cambiar llegó de forma inesperada. Primero, a través de una visión en la que —según cuenta— vio a Jesús resplandeciente. Luego, gracias a una funcionaria de la Secretaría Distrital de Integración Social (SDIS) que la acompañó a uno de los servicios para habitantes de calle, donde recibió baño, alojamiento y alimentación.
Ese paso estuvo marcado también por Juan, su compañero, quien le mostró otros colores de la vida, muy distintos a los que ella conocía. “En enero de este año mi viejito se fue por un cáncer. Me quedan sus consejos por acabar esos malos recuerdos y su lucha para que yo cambiara”, dice con nostalgia.
Actualmente, en homenaje a ese compañero entrañable, Nubia dedica sus días al tejido, la elaboración de artesanías y el compartir cotidiano con otros usuarios del servicio, fortaleciendo vínculos y recuperando su autonomía.
Ahora recorre las calles para adquirir los insumos de los productos que teje diariamente con sus habilidosas manos. “En estos momentos estoy tejiendo una bolsa en hilo para guardar huevos”, señala, mientras pasa rápidamente la aguja de un lado a otro entrelazando una hebra de color verde oscuro, uno de los tonos que más utiliza para sus creaciones.
El perdón, a la vista
La decisión de transformar su vida también nació del amor hacia sus dos hijos, a quienes dio a luz mientras aún estaba en la calle. Ahora es abuela, y aunque reconoce que la relación con ellos tiene heridas por sanar, afirma que el perdón es su manera de reconstruirse y aportar a la sociedad.
Reconoce, además, el papel fundamental de su hermana, quien cuidó a sus hijos mientras ella vivía sus momentos más difíciles. “Ella los recibió cuando yo llegaba en un estado deplorable y drogada, pasando de malos tratos a la agresividad sin darme cuenta”, asegura.
Hace énfasis en uno de los episodios más dolorosos de su vida: cuando casi pierde a su hijo menor por adopción, luego de haberlo dado a luz en el hospital de Kennedy tras una cesárea. “En ese momento mi hermana lo acogió y logré que no fuera entregado en adopción a otro hogar”.
La decisión de entrar en un proceso de autoliberación y de perdón también ha incluido a la sociedad. “A mí me decían que yo llevaba eso en las venas y que no iba a cambiar; me hacía a esa idea, y como no tenía herramientas para poder salir, pensé que no lo lograría”.
“Ahora sí tengo hogar”
Sentada en una silla, con una mesa llena de tiras de lana, su celular al lado y una sonrisa que refleja optimismo, María Nubia no escatima palabras para describir cómo se siente en este servicio del Distrito para personas mayores.
“Cuando yo llegué aquí, trataba muy mal a las personas de aquí, a la coordinadora. Con mi fanjo de tristeza, amargura y dolor y con la ansiedad que manejaba me escapaba cada rato de este centro”.
Agrega: “En estos momentos recibo comida y techo. Hay profesionales que me están dando herramientas para salir adelante. Uno solo o con la Biblia se enloquece, por eso es importante el apoyo de personas que saben”.
La Nubia de hoy tiene sus manos limpias, sus uñas un poco largas y maquilladas para poder abrazarse todas las noches. “Las manos para sanar, no para pelear”, concluye María Nubia, antes de empezar sus clases con el profe Andrés.
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Este contenido fue creado a partir de la información proporcionada y difundida por la Secretaría de Integración Social (SDIS) https://www.integracionsocial.gov.co/ . El artículo fue curado por un o una periodista del Portal Bogotá. Si tienes alguna sugerencia, observación o necesitas más información sobre la nota publicada, puedes hacerlo a través de los canales de atención a la ciudadanía de la entidad mencionada o en Bogotá te Escucha: https://bogota.gov.co/sdqs/.






