Ex habitante de calle cuenta cómo eran las 'escaleras de la muerte' del Bronx

Yo participo

21•Ago•2019

Era una tarde gris, era una tarde oscura, era una tarde lluviosa. Era viernes lo recuerdo como si fuera ayer, pues estos eran los días más concurridos en el Bronx. Quizás porque es el día de la semana en el cual las hormonas y la adrenalina se altera en el cuerpo de los adictos. 

Todos los viernes era muy común escuchar “el Bronx estaba a reventar, no había por donde caminar, las tres calles que lo componían estaban atiborradas de gente que iba y venía en diferentes rockolas y expendios del sector”. 

Era tan concurrido, que paradójicamente daba la sensación de estar en una peregrinación de Viernes Santo a Monserrate, pero la peregrinación era a la muerte, y lo que muchos no entendíamos era que íbamos camino al terror a las drogas, al sexo y a lo prohibido.

Me encontraba consumiendo en uno de los ‘ganchos’ pero no había espacio suficiente para poder consumir. Con tranquilidad me doy cuenta de que cuento con algo de dinero. Lo había conseguido por la venta del material reciclable ahí mismo en el Bronx, y decido alquilar una habitación en un edificio que se llamaba ‘Quinto Piso’, pero ni habitaciones había ese viernes. 

El administrador, que nos cobraba 5.000 pesos por el alquiler de la habitación, me dijo que no había, pero que podía esperar entre 30 minutos y una hora para que desocuparan una. 

Yo, que estaba muy cansado, preferí quedarme a esperar en las escaleras mientras mi cuarto estaba disponible. “Hágale loco, todo bien, espere ahí”, me dijo. Recuerdo que llovía mucho esa noche y estaba haciendo mucho frío. 

Mientras espero ansiosamente mi espacio, consumo y veo más adictos subir y bajar las escaleras de esta edificación oscura y tenebrosa. Transcurrieron unos cuarenta minutos y yo aún esperaba el cuarto. Estaba en el tercer piso, cuando el administrador me avisó que ya mi cuarto está listo y que podía entrar. Empecé a subir hacia el quinto piso. Añoraba llegar rápido para resguardarme del frío, de la lluvia, del caos de aquella noche. 

Cuando iba en el tercer piso, me cruzo con tres ‘sayas’ que vienen con un habitante de calle, quien cargaba en su espalda dos bolsas negras de basura. Yo bajé mi mirada para no verlos, como siempre intentaba hacer cuando me encontraba con un ‘saya’, pero, inevitablemente, ellos me detuvieron en la mitad de las escaleras y dijeron: “¿Qué hubo loco para dónde va?”. Yo, asustado, no sé de dónde saqué valor para decirles: “A descansar padre, a descansar. Pagué una pieza en el quinto piso”.   Intenté no mirar al habitante de calle que viene con las dos bolsas negras, una en cada hombro, intenté hacerme el que no observaba nada, pues sabía los problemas que esto podría llevarme. 

-¿Qué mira loco?- me dice. 

- No, no padre yo no he visto nada, no sé nada, no escucho nada, no sé nada- Intenté responder, pero mi angustia y miedo casi no me dejaban hablar. Sabía que cualquier cosa que dijera podría ser la sentencia de muerte para mí. 

 -Así es loco, así es- Afirmó uno de ellos y siguió bajando las escaleras del cuarto piso. 

Intenté seguir mi camino tranquilo, pero el habitante de calle cruza miradas conmigo. Yo tenía tanto miedo. Traté de no mirarlo, pero cuando ellos bajaban por las escaleras, pude ver que la espalda de quien llevaba las dos bolsas negras iba bañada en sangre. Podía sentir el olor a sangre que escurría por las bolsas, rozaba el cuerpo del habitante de calle, y terminaba como grandes gotas en las escalas, dejando un camino trazado, que dibujaba no solo sangre, sino el reflejo de la maldad y la muerte, pues lo que el habitante de calle llevaba esa noche, no era nada más que un cadáver descuartizado que necesitaban desaparecer.   

Por: Luis Guillermo Vallejo

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