Cuarto de diversiones

Yo participo

05•Dic•2020

Pero si es tu postre preferido, le dijo su mamá. Sí, pero no tengo ganas, le respondió Valentina,  sin dejar de mirar por la ventana de su pequeño apartamento.

Valen, yo sé que esta cuarentena es difícil pero nos toca acostumbrarnos, además hoy le puse un ingrediente especial al arroz de leche, si lo descubres te daré otra cucharada.

La montaña rusa, dijo Valentina. ¿Qué? preguntó su mamá. Quiero subirme a esa montaña rusa. La mamá se sentó al lado de su hija y se quedó mirando a lo lejos el parque de diversiones de El Salitre. Pero, aunque abrieran el parque otra vez, dijo,  no podrías subirte a la montaña rusa, todavía no tienes la edad ni el tamaño… lo que sí podríamos sería subirnos con tu papá a la rueda de Chicago, desde ahí se ve el lago del parque Simón Bolívar, el jardín botánico... Valentina probó su postre sin muchas ganas. Canela, dijo dejando el plato a un lado. Una montaña rusa es lo que me gustaría.

¿Crees que cuando podamos volver al parque del Salitre, yo ya tendré la edad para subirme a la montaña rusa? Le preguntó Valentina a su papá durante la comida.  Este se quedó pensativo mientras soplaba su cucharada de sopa.  Ni idea Valen, dijo, espero que no.

Terminó de tomarse su plato y se levantó de la mesa con algo de afán. Valentina vio su enorme cuerpo irse hacia su habitación con la cara muy seria ¿Le pasó algo a papi? No sé amor, dijo su mamá, supongo que él quisiera llevarte al parque y a muchas otras partes  pero en estos momentos no se puede.

¡Valentina! la llamó su papá, al cabo de un rato. La niña dejó de pintar y fue hasta el cuarto de sus papás. Al entrar vio que estaba decorado de una forma muy diferente. Una serie de cojines y almohadas formaban un cuadrado. Su asientico de hacer tareas tenía amarrado su cinturón de Minie Mouse, una tabla de la cama estaba inclinada contra el escritorio. ¡Bienvenidos al parque de diversiones más pequeño del mundo y también el más grande del mundo! Decía entusiasmado su papá ¡El único que tiene todos los juegos que se puedan imaginar! Valentina sonrió. Su mamá también. ¡Ven siéntate en esta silla y ponte el cinturón de seguridad que ya va empezar el recorrido de la montaña rusa! La niña se sentó sin pensarlo.

Con sus enormes brazos, su papá la elevó en la silla.  ¡Señora, toque usted la campana para que empiece la fiesta! La mamá tocó una campana imaginaria y el papá empezó a subir y a bajar la silla, mientras hacía ruidos con su boca. Luego comenzó a darle vueltas.

Las carcajadas de Valentina se escuchaban hasta el apartamento de abajo. ¡Otra vez! Gritaba sin quererse bajar. Después se lanzaron por el rodadero unas 25 veces y lanzaron a los peluches otras tantas. Finalmente Valentina y sus papás se lanzaron a la piscina de cojines.

Media hora después de haber recorrido e inventado otras diversiones como la cama voladora, la media que convierte tu mano en un monstruo come pies y lanzador de calzoncillos; su mamá, rendida, dijo que era hora de irse a la cama.  Todavía no, dijo el papá, ya va estar el maíz pira. ¡Con arroz de leche! Gritó Valentina antes de zambullirse entre sus peluches.

Fernando Escobar Borrero.

Escritor, conferencista y creativo. 

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