¡Aquí sí pasa! En Bogotá, mi Ciudad, mi Casa ofrecemos cursos para desarrollar habilidades. Cuerdas de algodón se entrelazan de izquierda a derecha, formando nudos y figuras gracias a las manos habilidosas de dos mujeres que han convertido el macramé en una oportunidad para demostrar que la discapacidad visual no es un obstáculo para superarse.
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Se trata de Sandra Medina Boada y Magaly Segura, habitantes de la localidad de Puente Aranda y beneficiarias de los cursos que el Centro de Desarrollo Comunitario José Antonio Galán, en alianza con el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), ofrece a la comunidad.
Ambas conviven con una discapacidad visual, pero esto no les impide desarrollar sus habilidades en el arte del macramé, que consiste en anudar cuerdas o hilos para crear diseños decorativos como mochilas, bolsos e individuales.
Sandra vive en la Urbanización Bosque de los Comuneros, a tan solo diez minutos del centro. Su mayor apoyo es su esposo, quien también comparte la misma condición visual. “Los dos nos hemos apoyado en todo. Yo cuidé a mi madre durante 15 años y él estuvo siempre a mi lado. Ahora estamos solitos, pero es mi gran ayuda”, afirma. Además, destaca la compañía de Violeta, su perra guía desde hace siete años: “Me lleva a todos los lugares con más seguridad y rapidez que con el bastón”.
Por su parte, Magaly recorre unos quince minutos desde el barrio Colón, donde vive con su esposo y su nieta, para llegar al centro comunitario. Allí, asegura sentirse agradecida con la profesora y sus compañeras: “La profesora es muy paciente, muy bonita, sabe cómo guiarnos, y las compañeras son serviciales y colaboradoras”.
Sandra, quien ya había participado en otros cursos, y Magaly, que se vinculó hace apenas dos meses, coinciden en que la discapacidad nunca debe ser vista como un impedimento. Ambas invitan a otras personas en su misma condición a luchar por sus sueños y buscar actividades que disfruten: “Nosotras podemos desarrollar todas las actividades en igualdad de condiciones como cualquier persona”, destacan.
El grupo de tejedoras, conformado por 35 personas, está dirigido por la diseñadora de modas e instructora del SENA, Mery Páez Pineda, quien guía a sus estudiantes en la elaboración de cojines, tapetes, tapices y piezas de lencería para el hogar. “Estoy feliz con el grupo, especialmente con nuestras dos compañeras con discapacidad, porque se desenvuelven muy bien. Con paciencia y cariño todo se logra, y comprobamos que las verdaderas limitaciones están en la mente”, asegura la instructora.
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