Gracias a un 'ángel', artista brasileño superó 18 años de adicción a las drogas

Ex habitante de calle Geoffrey De Souza Soarez, un escultor que por culpa del bazuco arruinó su vida. Foto: Archivo particular
Publicado:
14
Mayo
2021
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Geoffrey De Souza Soares, apenas era un niño de 7 años cuando, de la mano de su papá, un oficial del ejército brasileño, llegó procedente de la cálida Belém do Pará a la fría Bogotá. Desde entonces ha tenido una relación con Colombia que lo llevó al cielo, pero también al infierno.

A los 16 años volvió a Brasil para prestar el servicio militar y luego de tres años retornó a Bogotá para reunirse con sus padres y estudiar Artes Plásticas en la Universidad Nacional, de donde se graduó como escultor. Tras ganarse una beca para estudiar restauración de arte se fue a Portugal, donde se casó y tuvo una hija. Sin embargo, ese mundo idílico que parecía estar viviendo empezó a derrumbarse con una llamada desde Colombia que lo hizo regresar, sin su familia, a cuidar de su padre que estaba muy enfermo. Su papá murió y a él se le ‘pegó la aguja’, como dice, y se quedó en Bogotá. Una decisión que le pesaría por el resto de su vida.

A los 33 años empezó su adicción a las drogas

Ya hecho y derecho, a los 33 años, conoció el bazuco, la droga hecha de los residuos de la cocaína que se mezclaba con polvo de ladrillo, y ahí empezó su debacle.

“Lo hice por curiosidad. Me gustó el olor y me dio un día por probar y cuando me di cuenta se me salió de las manos”, recuerda hoy con un sabor de amargura y reproche que todavía no se le ha esfumado de la garganta y de la memoria. “Acabó con todo, con mi hogar, mi profesión, con mi vida”, sentencia con cierta nostalgia o ‘saudade’, como dicen los brasileños.

Habitante de calle
Geoffrey de Souza, brasileño que estudió Artes Plásticas en la Universidad Nacional. Foto: Archivo particular

Empujado por el vicio, terminó atrapado por las calles, de las que solo pudo escapar 18 años después, a los 51 años, gracias a un ángel que un día, enfundado en un traje de Integración Social, se le cruzó en la ruta, mientras empujaba una carreta de reciclador en la localidad de Barrios Unidos. “Hector Elí.  Él me llegó un día a donde yo estaba parchando y me dijo: hermano, ¿Usted quiere cambiar su vida? Le dije listo, ya está. ¿Quiere hacer un proceso e irse para un hogar? Le dije: ¡claro¡”.

Hace 13 años empezó a cambiar su vida de adicción

Gracias a ese promotor y a su decisión de alejarse de las drogas, Geoffrey, hace trece años, inició un proceso de recuperación en la Comunidad de vida Hogar El Camino, un espacio que les ayuda a los que llegan a fortalecer los hábitos saludables que les permitan rediseñar su proyecto de vida, recobrar sus redes familiares y formarse en oficios que les concedan la posibilidad de ser autónomos y alejarse definitivamente de la habitabilidad en calle.

Una calle que no solo le mostró la dureza del cemento, también la de los sentimientos de las personas, pues recuerda con tristeza una vez, cuando se disponía a pintar un mural en un centro comercial, se encontró con su hijo que estaba recién casado y ya con un bebé, un nieto, de ocho meses y le dijo que no lo había invitado al matrimonio porque se avergonzaba de él. “Para que voy a buscar lo que no me sirve. Lo que me lástima, para que lo voy a buscar”, recalca cuando le pregunto si no le gustaría reunirse otra vez con su familia.

Así, entre decepciones y pequeños, pero significativos avances, durante nueve años, y en medio del proceso, estuvo batallando contra esos fantasmas del vicio que lo acosaban y de los que se alejaba ocupándose en actividades como lavar carros, pintar apartamentos y, en general, lo que le saliera. También, gracias a sus años en Europa, daba clases de idiomas pues habla italiano y francés.

"Yo corté con eso, ya no me hace falta"

Una dura batalla contra la droga que al final ganó. “Llevo cuatro años, voy para cinco años sin consumir. Yo corté con eso, ya no me hace falta” afirma convencido de que fue una de las grandes victorias de su vida. Tanto que, hace cuatro años pudo volver a su tierra, a Brasil, de donde otra vez lo volvieron a sacar las malas noticias desde Colombia. Esta vez la muerte de la mamá a comienzos del año pasado, justo antes de iniciarse la pandemia del coronavirus.

“Llegué acá, a mitad de febrero, para el sepelio de mi mamá, pero no la alcancé a ver, pues ya la habían enterrado. Me dio duro porque no me pude despedir de ella y cuando me fui a ir empezó lo de la pandemia”.

Para completar ese cuadro amargo de su vida, unas pinceladas de mala suerte lo pusieron otra vez en la calle de la que tanto le había costado salir, pero esta vez por otras razones diferentes a sus adicciones ya superadas.  “Yo llegué con dos millones de pesos, pero no encontraba donde quedarme, ni en hotel ni residencia porque no dejaban entrar a nadie por la cuarentena, apenas empezaba lo de la pandemia, entonces me tocó tirar física calle y ahí fue cuando me encontraron un grupo de promotores”, recuerda.

Recibe apoyo del Centro Sociosanitario Balcanes 

Desde del 17 de febrero de este año, se convirtió en uno de los primeros beneficiarios del Centro Sociosanitario Balcanes del Distrito para habitante de calle, ubicado en la calle 11 sur 1 B 10 este, en el barrio La María de la localidad San Cristóbal. Un servicio nuevo para pacientes, habitantes de calle entre 29 y 59 años, que tengan diagnosticada oxigeno dependencia, movilidad reducida, disminución visual, psiquiátricos u oxigeno dependientes, entre otras discapacidades que obliguen a su internamiento.

“Es muy colaborador, le gusta pintar harto y dibujar. Tiene harto talento pintando, dibujando, le gusta colaborar demasiado. Muy buena persona, buena gente”, dice Jherson Pirazán, un asistente administrativo del centro, quien se ha encariñado con Geoffrey por su actitud a la hora de ayudar a cuidar a cualquiera de los 96 pacientes que hoy tiene este remanso de paz.

Le gustaría trabajar en un hogar geriátrico

“Yo estuve trabajando en hogares geriátricos y aquí cuando llegó gente de la Mesa, otro hogar,  me tocó colaborar mucho, bañándolos, cambiando pañales, limpiándoles la cola y me gusta hacerlo porque eso no me da asco ni me molesta, porque ya lo hecho. Entonces si me saliera un trabajo así, en un hogar geriátrico para cuidar abuelos, pues bacano”, dice Geoffrey, a quien solo lo limitan un poco los dolores que siente por la desviación de la columna, la fractura del hueso sacro, una hernia discal y la inflamación de la médula espinal que le quedaron de cuando, joven, se cayó haciendo el curso de suboficial en la Fuerza Aérea Brasileña.

Habitante de calle
Geoffrey ya recibió su segunda dosis de la vacuna contra el Covid-19. Foto: Integración Social

Convencido de que Dios lo trajo a este mundo para servir y no ser servido y darle a los demás, sin esperar nada a cambio, tras recibir la segunda dosis de la vacuna contra el Covid-19, espera el alta para volverse a su país, donde tiene una casa que le heredó su abuelo, uno de sus dos grandes maestros, al lado de su papá, que le enseñaron a ser humilde, noble, y siempre colocar un plato de más en la mesa para el que llegue y brindarle la mano al necesitado, con mucho amor, o como dicen en su patria, con muito amor,  dos palabras que ha aprendido a querer y a practicar luego de su intensa pero rica vida.