Guitarra y Bronx: la vida del músico que conocí en el Bronx (primera parte)

Yo participo

05•Dic•2020

Es de origen ecuatoriano, músico de profesión, excelente por cierto. Lo conocí en el Voto Nacional, ahí en el parque Los Mártires a la salida del Bronx. Allí llegaba donde Harry, un cachivachero joven astuto para los negocios, pero bastante tramposo.

Cristo Guerra* llegaba elegante y bien vestido con su guitarra a pedirle a Harry que le comprara las bolsas de sustancia, pues él no era capaz de entrar al Bronx. Sentía temor, lo repetía constantemente, quizás por su apariencia física impecable. Guerra pensaba que podía ser confundido con un policía infiltrado.

Harry le traía las bolsas de sustancias, pero el favor le salía a Guerra muy caro, pues Harry se las cobraba al doble, y además se las consumían entre los dos en el puesto de cachivaches. 

Nos encantaba escuchar las canciones que Harry entonaba cuando consumíamos. Canciones de rock que cantábamos a grito herido en medio de nuestro éxtasis por el bazuco.  

Cristo Guerra solventaba su consumo cantando. En el Transmilenio le iba muy bien, se las había ingeniado para que sus rutas le dieran buen dinero, pues eran las del portal norte y portal sur de Bogotá.

Nos contaba que cuando trabajaba juicioso podía recoger entre 60.000 y 80.000 pesos en un horario de 9:00 a.m. a 5:00 p.m. ¡Imagínense!, toda esa plata en un día cantando en los buses. Su recorrido terminaba a diario allí en la estación de la Jiménez, en el costado sur que queda exactamente al frente del Voto Nacional, y siempre llegaba pasadas las cinco de la tarde. Ya le tenía el tiempo medido y lo esperaba como quien espera una cita importante. No habitaba la calle en el momento, su familia le enviaba dinero desde ecuador mensualmente para sus gastos de hospedaje y alimentación. Pagaba un apartamento por el sector de Corferias, pero le gustaba consumir bazuco. Vivía dignamente. 

Pero algún día llegó donde Harry y él no podía ir a comprárselas. Me miro y me dijo: -Pana, usted me haría el favor de traerme las bolsas. Le dije: -claro, de una. Me dio 20.000 pesos para que le comprara cinco y yo le traje el doble de bolsas. Cuando se las entregué me regaló tres de esas, seguro por el gran favor de conseguirle tantas con eso que me dio. A partir de ese momento nos hicimos muy buenos amigos, tanto así que él llegaba al puesto de Harry, pero me buscaba a mí para que le comprara las dosis. 

Harry se molestó varias veces, pues se había quedado sin cliente y además sin consumo. 

Pero Cristo Guerra y yo seguíamos compartiendo momentos. Me contaba que era músico de profesión y maestro en guitarra clásica, también que daba conciertos en eventos privados y que se los pagaban muy bien, pero que desafortunadamente había entrado al mundo de las drogas y se alejó de la música, su verdadera pasión.

Un día cualquiera Guerra llegó al puesto de Harry, me sorprendí porque llegó mucho más temprano de lo habitual. Lo vi hablando con Harry, me levanté de donde estaba y lo saludé. Escuché que le estaba diciendo a Harry, casi rogándole que lo drogara, que no tenía dinero, pero que seguro al otro día le devolvería el doble de lo que le prestara. 

Me di cuenta de que algo estaba sucediendo, pues Guerra no traía su guitarra. Lo llamé aparte y le pregunte: -¿qué pasó con la guitarra? Se tomó la cabeza de manera desesperada, me miro a los ojos, y como si quisiera arrancarse el pelo me respondió: -¡desgraciada vida!, la empeñé. Lo mire asombrado, pues sabía que era su mayor tesoro, su herramienta de trabajo o mejor, como él decía, su novia. 

Pensé inmediatamente que a Guerra le iba a coger ventaja la droga, aunque siendo sinceros siempre nos ha llevado ventaja. Él estaba ansioso y desesperado por drogarse. Nos hacemos aparte de Harry, nos drogamos y le pregunto: -¿qué hiciste Cristo?, ¿por qué empeñaste a tu novia?, pero él no me responde.

Esa noche nos quedamos en los Mártires y esa era mi zona de consumo. Algo que lo caracterizaba a él era que se le acababa la droga y de una vez se iba para su apartamento.  Precisamente ese día me confesó que era la primera vez que se quedaba en la calle y y,  conocedor de lo que podía suceder y lo que era posible a futuro, le respondí: ¡y las que le faltan!

Me miró algo pensativo y me respondió que no le deseara eso. Me aseguró que no se sentía preparado para eso. Y es que de verdad vivir en la calle es de valientes.

Consumimos toda la noche y gran parte de la madrugada. Debo aclarar que quien corrió con los gastos de esa noche fui yo, pues el varias veces me había invitado sin ningún interés. Amaneció y nos despedimos, cruzó la Avenida Caracas y abordó la estación de la Jiménez. Aún bajo los efectos de la droga me dijo: -me voy a ausentar unos días, debo ver cómo recupero mi novia.

“Esto no es para mí", me dijo antes de irse. En ese momento deseé no volver a verlo y tuve la esperanza de que quizás el frío de la noche y la soledad de la madrugada en las noches de la capital, le dieran a Guerra las razones perfectas para no regresar. 

Y aunque en mi corazón quise no volverlo a ver, le grité: -¡vas a volver parcero, vas a volver!

Efectivamente a los 20 días regresó…