Durante la emergencia por Covid-19 nuestra imaginación no está en cuarentena

Yo participo

05•Dic•2020

Mis hijos llevan 15 días sin salir. En estas dos semanas hemos cantado, bailado y leído cuentos. Les enseñé a hacer sudokus y llenamos algunos crucigramas. Ya saben que Aarón es el hermano de Moisés y que la capital de Kenya, de siete letras, es Nairobi. Hacemos manualidades (e incluso tareas). En general han pasado tranquilos estos días y yo he podido hacer mi trabajo a distancia.

Sin embargo, hoy en especial, los noto carilargos, aburridos y un tanto desesperados. Han empezado a discutir entre ellos: “¿Juanca, dónde escondiste mi muñeca?”, “¿Te puedes quitar del sofá Nati?, que me toca a mí”, “¿Puedo salir, papá?”. Estas preguntas se atropellan y no me dejan concentrar. Hoy no están fluyendo las cosas. Mi esposa, que leía su propio informe en el cuarto, salió y miró la situación con ojos de 'nuestro espacio es reducido'. Yo la miré con ojos de 'diles algo por favor'.

Dejó el informe que estaba leyendo sobre la mesa del comedor, se agachó de repente y se metió debajo de la mesa dejando un leve movimiento en el mantel bordado. Mis hijos apenas lo notaron, pues estaban enfrascados en su discusión. Pasados unos minutos, yo intentaba leer por tercera vez el último párrafo, cuando escuché una voz semejante a la de mi esposa que provenía de debajo de la mesa: “¡Oigan! ¡Deberían venir aquí, estamos a punto de despegar!”.

Natalia fue la primera que dejó de discutir y se fue gateando hasta traspasar el mantel. “¡Guau!”, dijo emocionada. “Juanca, deberías venir a ver esto”. Juanca me miró un poco incrédulo pero luego se agachó y se metió también gateando bajo la mesa. Siguieron unos murmullos en voz baja. Yo pude concentrarme al fin.

Cuando estaba a punto de finalizar mi informe unos gritos me volvieron a desconcentrar: “¡Capitán, gire a la derecha, viene un meteorito!”, “Apriétense los cinturones que espicharé el botón de velocidad luz”, “¡Nos vamos a estrellar capitán!”, “No, confíen en mí”. “Shiuuuuug!!”, “¡Aaahhhh!”. Ya no podía seguir tecleando.

Luego de la travesía estrepitosa se escuchó: “Ese fue un buen aterrizaje, capitán”, “¿Podemos bajarnos?”, “No lo creo este planeta está congelado la temperatura es de 200 grados bajo cero”. No pude más, oprimí send, y no tuve otra opción que agacharme y meterme en la nave. 

Por Fernando Escobar Borrero, escritor, conferencista y creativo. 

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